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    Verificación de seguridad:

    Los últimos tiempos asocian el espionaje sin escrúpulos con el detective privado. Se conecta al agente que paga el Estado con el profesional libre que olfatea verdades. Se maridan cloaca que protege la ‘seguridad nacional’ con sabueso intimidante y vigía de privacidades sin recato. Nada que ver con el personaje bohemio, solitario, bebedor y bien acompañado que retrata el molde anglosajón del cine y novelas de género.

    Los últimos tiempos españoles, desde el siglo XXI, hacen releer a algunos jueces y fiscales el ‘informe de detective’ escrutando, bajo sospecha de parcialidad, a quien lo ratifica. Los abogados perdedores piden anular estos informes tras arruinarles estrategias para salvarse, o justificarse, ante el cliente. Qué decir de esa Policía celosa de su coto. ¿Miran, ven, respetan al detective privado? La prensa, cómo no, es pragmática: identifica espiar con investigar privadamente. Les manda el titular o el pico de audiencias.

    El mediático juicio en Navarra a cinco ultras sevillistas, autodenominados ‘La Manada’, sobre una brutal agresión y hurto a una madrileña los penúltimos sanfermines nos escandalizó a todos. Una novel detective, probablemente subcontratada por una colega veterana y feminista, investigó el cotidiano y huellas en redes de la agredida por unos degenerados que excusaron en el consentimiento de una agredida por cinco un desvarío difícil de imitar y entender. Aquel informe lo admitió la Audiencia navarra para valorar secuelas. Algo absolutamente normal.

    A priori se categorizó aquel trabajo como espionaje. Las redes mal llamadas sociales vomitaron sobre la figura del detective. La ira popular ante un detective que simplemente hace su trabajo para minimizar indemnizaciones por encargo de la defensa, a la que tiene derecho hasta el peor criminal, devino en rechazo colectivo al noble oficio del detective privado. Guste o no, esto fue lo que pasó.

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