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    Mecánicos mancos, albañiles tullidos…: el gran timo de los falsos inválidos con pensión

    “Mira, mira cómo aparenta que tiene los brazos como caídos, sin fuerzas -dice el detective mirando la pantalla de su ordenador-. Parece como si uno sostuviera al otro en el abdomen. No lleva el gesto lógico al caminar, acompasando los brazos con las piernas. Pero luego verás… A veces es de risa”.

    El hombre que aparece en la pantalla -pongamos que se llama Jesús- ronda los 55 años. Se le ve detener su caminar antes de salir por la puerta de la tasca en la que ha tomado café o una copa de coñac. Lleva un bolso de cuero cruzado en el pecho y viste camiseta verde de manga corta.

    Receloso, Jesús mira a ambos lados de la calle y rebusca dentro de los coches a través de los cristales. Como parece que no ha visto nada ni nadie sospechoso, comienza a caminar por la acera. La grabación se produce en un pueblo cualquiera de la provincia de Cádiz a las cuatro y veinte de una tarde de principios del pasado junio.

    Jesús es un falso inválido. Lleva meses de baja. Ahora busca que su mutua le indemnice con miles de euros y le conceda una pensión vitalicia por una incapacidad laboral absoluta. Ante los médicos de su mutua y ante el de la Seguridad Social, Jesús sostiene que, tras sufrir un accidente laboral, su brazo izquierdo le ha quedado casi inútil: no tiene apenas movilidad y no puede cargar peso.

    La rehabilitación, pese a asistir cada día, tampoco da frutos. Al menos eso asegura él, que da gritos de dolor exagerados cada vez que le toca un fisoterapeuta. Pero esa tarde de 5 de junio de 2018 lo vigila desde hace horas un detective privado contratado por su mutua. En bases a las pruebas médicas a las que le ha sometido, sospecha que Jesús miente y que exagera su dolor.

    Jesús nunca vio al investigador escondido en el asiento trasero de un pequeño coche con las lunas tintadas. El detective le siguió el rastro durante un par de jornadas más. Hasta que desmontó su mentira: vio cómo subía con su brazo izquierdo la persiana metálica de un taller ilegal de coches. Jesús acudía allí cada tarde a trabajar reparando motores, cambiando ruedas y limpiando filtros de aceite. “Bingo”, dijo  el investigador al confirmar que era un embustero.

    Jesús fue cazado. La mutua se ahorró el pago en otro caso de incapacidad fingida. En Detectives Cabanach contamos con numerosos encargos de este tipo, lo que hace que tengamos una experiencia contrastada.

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